Viejedad

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Anoche vimos  pasar al tiempo, como lo hemos visto  en estos últimos sesenta  años.  Cansado, como si llegara de un largo viaje y  ojeroso, seguramente de aguantar tanto sueño… Bueno, es un decir, porque es tan largo que ni él mismo sabe desde cuándo comenzó su peregrinaje por estos rumbos. Pasó, según su costumbre,  por la esquina de mi casa, cuyo frente  miró de reojo. Iba cansado, sin lugar a dudas.  “Ah mundo  -dijo Licelia- me provoca llamarlo y ofrecerle un cafecito”. “O un trago”, le dije yo.  Y ella sonrió, pero en ese interín él se perdió de vista. Siguió, seguramente, hacia el  oeste, hacia el poniente, como todos los días…

Entonces, como todo seguía tranquilo, rutinario,  su imagen se diluyó en las sombras.  Oímos, desde adentro de nosotros mismos el rumor de la ciudad mientras calaba nuestros huesos y vísceras.  Afuera, en la esquina, nuestros nietos y la trulla de los de  nuestros vecinos,  ya casi adolescentes todos, jugaban un muy familiar fútbol y de vez en cuando nos estremecían de nervios con  sus tumbarranchos.  Se  oía, también, un resonar de gaitas que llegaba de casi todas las casas. “Eso es donde los maracuchos”, comentamos.  Después oímos sirenas de patrullas, el retumbar apagado de cohetes…  música lejana. Y palpamos, si así puede decirse, el cansancio de la ciudad en estas noches de  Pascua y Año Nuevo.   Somos -dicho en buen venezolano- un par de viejos golpeados por la chikungunya  y quién sabe  por  cuáles otras dolencias propias del progreso.

“Mañana -me digo- voy a donde Marisela a tumbarme esta tumusa que me echa  encima como diez años más. Y la agenda, apretada y olvidada, como siempre, me recuerda el deber de llamar a mis fraternos amigos de esta ciudad tan mía como los versos de Manuel Alcázar y las pinturas de  Braulio Salazar.  

Un día de éstos -pienso- seguramente el tiempo se detendrá un segundo en la esquina de mi casa y me llamará, me hará un guiño y lo seguiré en silencio. Tan callando -dijera aquel poeta – como mi propia soledumbre.  

Mientras tanto, que el 2015 sea un río de felicidad. Y que mis hijos y mis nietos se amen más que nunca y por sobre todas las cosas. Eso me bastará para ser feliz. 

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