Vigencia de la literatura

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La afición por la literatura está ligada en mi memoria a las lecturas que en la infancia y, particularmente en la adolescencia, nos inculcaron a mí y a mis compañeros de escuela, los padres salesianos del Colegio Don Bosco de Valencia. Fue precisamente en la biblioteca del Colegio donde quedé hechizado por la sonoridad de los versos de la Divina Comedia, que un condiscípulo descendiente de inmigrantes italianos solía leernos en voz alta, en el idioma de sus padres, a un minúsculo grupo de curiosos. Y aunque a duras penas lográbamos desentrañar el sentido de muchos pasajes de aquel libro sobrenatural, su música verbal nos fascinaba porque parecía provenir de los parajes del más allá recorrido por el Dante de la mano de Virgilio y de Beatriz:

 

“Nel mezzo del cammin di nostra vita

mi ritrovai per una selva oscura…”

 

A partir de allí, miles de páginas de literatura inundaron nuestro espíritu como un río desbordado, y nos convirtieron en enamorados lectores, en primer lugar, de los poetas del siglo de oro español: Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca. Reímos con las bellaquerías de los personajes de la picaresca, nos angustiamos ante los dilemas irresolubles de la existencia humana plasmados en las novelas de Kafka y Dostoievski, nos embriagamos de erotismo en los trópicos de cáncer y capricornio de Henry Miller, viajamos por los mares misteriosos de John Steinbeck y Joseph Conrad, aprendimos las lecciones metafísicas que un dios encarnado en humilde cochero le confió al guerrero Arjuna en las páginas del Bhagavad Ghita, nos conmovió la meditación sobre la transitoriedad de la vida en los versos de Netzahualcoyotl y nos cautivó la sensualidad de la poesía de Baudelaire y Mallarmé, al punto de motivarnos a estudiar su lengua original en la Alianza Francesa para poder disfrutar de la sonoridad de una escritura que ninguna traducción sería capaz de brindarnos. 

A veces me embarga la pena por no lograr transmitirles a mis estudiantes de literatura de la Universidad, la intensidad de la experiencia de la que están perdiéndose al prescindir de la lectura de tantos buenos libros. Cada semestre, les pregunto cuáles han sido para ellos las obras literarias que han dejado una huella perdurable en su vida y, por lo general, se limitan a mencionar algunos pocos títulos del truculento género de la autoayuda.

Aunque tienen la gran ventaja de poder acceder a la más gigantesca biblioteca de la historia, como lo es la internet, y la posibilidad de disponer de una inmensa cantidad de textos – con la que jamás habrían soñado los custodios de la biblioteca de Alejandría -, sólo unos pocos parecen haber sido tocados por la magia de la literatura y los libros.

Mi generación creció en liceos sin computadoras. Nuestros trabajos más formales debíamos escribirlos a máquina, sin las extraordinarias herramientas de redacción y corrección disponibles en la actualidad. Nuestro primer contacto con las modernas tecnologías de la computación fue a través de los sistemas a base de tarjetas perforadas, que se utilizaban en nuestras universidades a principios de los años ochenta. Los primeros ordenadores personales los adquirimos tardíamente en los noventa, después de haber egresado de la Universidad.

Hoy los niños comienzan a familiarizarse con las tecnologías de la información a muy temprana edad. Prácticamente pasan de la teta materna directamente al teclado del ordenador y los videojuegos. Y es casi una rareza encontrarse con un joven menor de veinte años que esté poco familiarizado con las computadoras, internet, la telefonía celular, la televisión por cable, etc.  

Sin embargo, tengo la impresión de que no son más lectores de buena literatura ni usan con más propiedad la lengua escrita que los jóvenes de las generaciones anteriores. Esta situación probablemente nos esté indicando que un mayor grado de desarrollo de las tecnologías y la ampliación de su acceso a ellas, no son suficientes para el enriquecimiento cultural de la sociedad en su conjunto, si no se lleva a cabo un esfuerzo colectivo y sistemático orientado al cultivo de la sensibilidad de niños y jóvenes.  

De ahí la importancia de la masificación del libro y la lectura, pero con criterios de calidad que no pueden dejarse exclusivamente en manos de las apetencias lucrativas de las empresas editoriales. Es necesario el concurso de todos los escritores, artistas y educadores, en pocas palabras, de todas las inteligencias sensibles de nuestra sociedad, para repensar el rumbo de nuestros sistemas educativos e instituciones de difusión cultural.       

 

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