Zapata (7699050)

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Se fue otro de los grandes. Liviano de equipaje, como decía el viejo Machado y como se van quienes verdaderamente merecen quedar en la memoria de la posteridad. Calladíto. Sin  la bulla y el zaperoco que suele ofrecer la llamada gran prensa cuando se muere un figurón En verdad ya, virtualmente,  se había ido un tiempo antes , pero su presencia fue  tan vital, necesaria y plena que nadie (y menos sus lectores) lo dio por ausente durante los años de su larga  y terrible enfermedad. Su salud,  gravemente afectada, mermó, pero  su brillo mental siguió  intacto, aunque él guardó un tal vez cauto  silencio y mantuvo en éste,    con invariable firmeza,  su posición ante la vida. Como Aquiles y Aníbal Nazoa. Como Leo. Como el Jobo Pimentel.  Ya vendrá, inexorablemente, el juicio de la historia, que lo recibirá, limpio de manchas y de juicios hipócritas,  en los cielos de la eternidad, como quien dice, navegando en las aguas de Heráclito. Y libre de ataduras, como los hijos de la mar. 

Hablo, por supuesto, de Pedro León Zapata. Nacido en el Táchira, hijo de un coronel gomecista y de madre también andina. Artista desde su nacimiento. De formación “estrictamente humana”, dijera el poeta. De las llamadas artes visuales, para definir su condición de pintor y caricaturista, aunque justo es decir que su dominio del lenguaje  fue excepcional, brillante: no un poco sino mucho a lo Julio Garmendia, Oscar Guaramato, Kotepa Delgado. Una especie, como suele decirse, en extinción.  Artista, entonces, de la palabra en su sentido universal.  Anduvo en su mocedad por México, país que fue  su gran escuela no solamente del arte sino de la ciudadanía política, que él cultivó, ejerció y enseñó  con la verticalidad de su señorío.  También anduvo, como suele decir el bravo pueblo nuestro, “por las Europas”.  (Donal Guerra, de quien fue fraternal amigo tiene muchas interesantes anécdotas sobre su vida, su bohemia,  en París).  Su regreso a Venezuela y su ingreso a “El Nacional” cuando era una escuela de dignidad dirigida por Miguel Otero Silva, es parte entrañable de su historia personal. Coromotico, suerte de Mafalda suya, nació en esa aventura y se eternizó con él. 

Hoy, al saber de su adiós irrevocable,  siento que, para nosotros, quienes lo admiramos y queremos fraternalmente, es un dolor honorable reverenciar su ausencia, y decir, como los manitos mexicanos, ¡Viva Zapata!

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