Buena Nueva: AL FINAL…

Debemos propiciar el reinado de Cristo en nosotros y en medio de nosotros. ¿Cómo? Tratando de cumplir la Voluntad de Dios en todo lo que hagamos o dejemos de hacer.  Así podremos estar entre los salvados

Buena Nueva - Notitarde
Isabel Vidal de Tenreiro, columnista en Notitarde

Nos referimos “al fin del mundo”, cuando todos los muertos resucitarán y tendrá lugar el Juicio Final. Realidad de la que nadie podrá escapar. Nadie.

Un momento… ¿Y el juicio que tendremos al morir? ¿Es que entonces hay dos juicios?  Es así.

Al morir tenemos el Juicio Particular. Y ahí cada uno sabe si está salvado (Cielo directo o vía Purgatorio) o si está condenado (Infierno). Pero queda pendiente el Juicio Final que sucederá en la Segunda Venida de Cristo.

Pero… ¿qué diferencia hay entre ambos juicios?  Lo primero que hay que saber es que habrá ratificación de sentencia: los condenados quedan condenados y los salvados ya están salvados.

Cristo nos narró bien clarito el Juicio Final: “tuve hambre y me diste de comer… tuve sed y me diste de beber…”. (Mt 25, 31-46)  ¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados por lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?  Si esto fuera así, ¿cómo quedan las faltas contra Dios?

Podría especularse, entonces, que Juicio Final se referirá a las consecuencias sociales de nuestros pecados. De allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, nos relate las llamadas “Obras de Misericordia”, lo que comúnmente llamamos obras de caridad.  Y al hablar de caridad estamos hablando de amor.

Quiere decir, entonces, que seremos juzgados sobre cómo hemos amado: cómo hemos amado a Dios y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en amor a los demás.

El Juicio Particular incluirá todas nuestras actos: en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc. Y no sólo en las acciones, sino también en las omisiones. En lo pensado, en lo hablado y en lo actuado. En lo oculto y en lo conocido. En todo.

“Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14). Y San Pablo lo ratifica: “Puesto que todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho, bueno o malo”  (2 Cor. 5, 10).

Veamos… entre el Juicio Particular al morir y el Juicio Final, somos almas sin cuerpo. Los cuerpos están en la tumbas o cremados o desaparecidos. Pero cuando vuelva Cristo al final de los tiempos, nos resucitará como Él resucitó. Es decir, cada alma se unirá con su respectivo cuerpo.  ¿Qué tal?

Y por la narración de Cristo sobre el Juicio Final sabemos que en ese momento, una vez juzgados por Él, y separados los salvados de los condenados, Cristo establecerá su reinado definitivo.

Pero, mientras tanto, mientras estamos esperando este momento, podemos y debemos propiciar ese reinado de Cristo en nosotros y en medio de nosotros. ¿Cómo? Tratando de cumplir la Voluntad de Dios en todo lo que hagamos o dejemos de hacer. Así podremos estar entre los salvados.

Para más información click a: http://www.homilia.org/inmortalidad/index.html

Por: Isabel Vidal de Tenreiro