Enseñanzas de Chile

La terrible dictadura chilena, con el general Pinochet a la cabeza, fue un periodo oscuro de violaciones sistemáticas a los derechos humanos y corrupción sin límites de la élite militar que secuestró el poder mediante un golpe de Estado en 1973. Aún las heridas de esa página oscura vivida por Chile siguen abiertas, no obstante, su proceso histórico revela una de las transiciones de la dictadura a la democracia más exitosas.

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Julio Castellanos / Notitarde

Para 1988, la dictadura se encontraba en el cénit de su mayor desprestigio internacional, las presiones diplomáticas eran sustanciales. Aunque internamente, la persistente división de la oposición política, la Concertación, hizo presumir a Pinochet que celebrar un plebiscito preguntando al pueblo chileno si él debía continuar en el poder podría hacerlo ganador y, a la vez, lavar su rostro ante la comunidad internacional.

Una vez puesta sobre la mesa la celebración del plebiscito, sectores de la oposición dudaron en participar. Lo creían perdido de antemano dado que las condiciones electorales eran restrictivas, casi imposibles de superar, hay un chiste negro que se repetía entonces en Chile: “hay dos formas que se acabe la dictadura, la normal y la milagrosa, la normal: que vengan dios y los ángeles y saquen a Pinochet, la milagrosa: que se una la oposición”. Sin embargo, ocurrió el milagro. La Concertación reunía, de izquierda a derecha, todo el espectro de partidos víctimas de la dictadura, desde el Partido Comunista hasta ex pinochetistas desilusionados, contra todo pronóstico decidieron unirse y participar en el plebiscito.

La campaña electoral de la Concertación apelaba a recuperar la alegría, el buen humor, a participar, a perdonar, a reconciliarse con la fe y la esperanza, eso hizo pedazos a una dictadura sin argumentos. Al hacerse públicos los resultados, Pinochet intentó en vano desconocer los escrutinios pero el alto mando percibió como muy costosa la represión masiva que ameritaba tal decisión y prefirió iniciar las negociaciones que permitirían la transición.

Esas negociaciones con el régimen militar no fueron sencillas. Al dictador se le tuvo que asegurar que, una vez entregado el poder al nuevo gobierno democrático, el continuaría encargado de la Comandancia General de las Fuerzas Armadas y, posterior a ello, se le asignaría el cargo de Senador Vitalicio. Solo así se pudo dar cabida a la celebración de las elecciones presidenciales en las cuales resultó ganador el demócrata cristiano Patricio Aylwin. El traspaso de mando en el Congreso dejó una foto histórica: Pinochet entregando el Poder a Aylwin entre el aplauso de los asistentes.

Lógicamente, una vez cesa la usurpación del poder propia de las dictaduras, los enclaves autoritarios (los espacios de poder conservados aún por los personeros del antiguo régimen) insisten en conspirar contra la estabilidad de la democracia. Son sumamente conocidas las tensiones entre la Comandancia General de las Fuerzas Armadas dirigida por Pinochet y el Ministro de Defensa de Aylwin, Patricio Rojas. En varias ocasiones hubo amenazas descaradas de golpe de Estado que solo con sagacidad política y un decidido temple democrático de la Concertación pudieron superarse.

Lamentablemente, no se pueden importar transiciones. Pero si imaginamos un proceso similar en Venezuela tendríamos que vislumbrar a un Nicolás Maduro como Diputado Vitalicio o a un Padrino López manteniéndose en el Comando Estratégico Operacional de las FAN a cambio de una elección presidencial libre, creíble y transparente. Para más señas, debe recordarse que Pinochet murió totalmente impune. ¿Todo eso sería justo? No, ¿Sería útil? Si. Hay que recordar lo que en su oportunidad dijo Patricio Aylwin “si debo decidir entre la libertad y la justicia, elijo la libertad para seguir luchando por la justicia”.

Hay quienes este tipo de reflexiones hacen salir sapos y culebras por sus bocas, he escuchado por ejemplo “¿Cómo quedan las víctimas?” pues, las víctimas de la represión y el terrorismo de Estado deben ser reparadas e indemnizadas, deben hacerse esfuerzos importantes por rescatar la memoria histórica y tener certeza de qué pasó durante la dictadura, pero la justicia transicional nos ayudará a sanar tanto las heridas como los odios. He escuchado también, de mano de gente que uno tiene por inteligente, que nuestra dictadura es distinta porque es un régimen criminal… ¿será que piensan que Pinochet era el Santo Niño de Atoche?. Los regímenes autoritarios, por definición, nacen de la vulneración de los procedimientos legales establecidos para ejercer el poder de forma legítima, ese crimen inicial termina por desembocar en todos los crímenes posteriores dado que, más que la realización de una ideología (derecha o izquierda), los regímenes autoritarios son el rentable negocio de corruptos amparados en la más absoluta impunidad que representa la ausencia de controles democráticos. Restituir el Estado de Derecho implica concurrir a un proceso electoral que permita dotar de legitimidad a un nuevo gobierno, eso no gustará a los miembros de la coalición autoritaria pero sea Pinochet, Videla o Maduro saben que someterse al Estado de Derecho y al imperio de la ley es menos arriesgado que los cambios de timonel que, atendiendo a su naturaleza criminal, ocurren en las dictaduras. En otras palabras, es “mejor negociar a que lo negocien a uno”.

Julio Castellanos / @rockypolitica / jcclozada@gmail.com

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