Marbella Díaz Wever: El valor de las féminas

Marbella Díaz Wever – Notitarde
Marbella Díaz Wever Licda. Educación/Orientadora

Desde la creación, en el paradisíaco Edén, hombre y mujer han estado cercanos en libertad plena, siendo el día y la noche testigos de su transitar, ejerciendo roles de compañerismo o reciprocidad afectiva y asumiendo un desempeño cultural para subsistir y permanecer con vida dicha especie.

La costilla de Adán no sólo sirvió para formar a la mujer el sexto día de la creación sino que ella ha sido la columna vertebral de la humanidad. Dios dijo: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces, con dolor darás a luz los hijos” (Génesis, 3: 16).

El gran valor de las féminas ha sido olvidada, muchas veces pisoteada por el hombre y la propia historia, menos por el Creador.

El cuerpo de la mujer ha sido mal juzgado en cuantiosas ocasiones como vasija contenedora del linaje acreditándole al “homo sapiens machista” la condecoración como dueño absoluto y autónomo de la obra más hermosa de Dios Padre.

En el antiguo Egipto, la mujer gozaba de gran libertad sin ser sometida al hombre. En la antigua Grecia, el status no fue positivo.

Hasta el gran filósofo-científico Aristóteles señaló: “No es más que un hombre incompleto y débil, un defecto de la naturaleza”.

Así comenzó una animadversión de protección, sometimiento, ultraje, vejación, tormento y perturbado maltrato.

Hechos subsiguientes la historia reporta cómo los padres comenzaron a decidir la vida de sus hijas y los maridos sólo a ver una “esposada” a su lado.

Fueron los helenos, quienes impusieron que el mundo de la política y libertad era reserva para los hombres y las cuatro paredes para las mujeres. Tal como en la Mitología Griega, las diosas mujeres quedaron desplazadas por los dioses masculinos.

En centurias pasadas quedó el famoso Código de Hammurabi y la Ley Tailon, acerca del mandato retributivo de carácter ético, donde la mujer era respetada, su palabra creída, gozando de relativa libertad y poder de decisión para comprar, vender, tener representación jurídica o testificar libremente.

Han sido muchas las palabras o términos peyorativos, injustos, despectivos que se han usado para definir a las féminas indistintamente de su estado civil, raza, credo o posición social.

Desde la mortal concubina o manceba, que cohabita con un hombre como si éste fuera su marido; la barragana o tipo de concubina semilegalizada, permitida a los solteros no necesariamente virgen en tiempos medievales; la casquivana, mujer alegre de cascos, de poco juicio y reflexión; la meretriz, mujer usada por los jóvenes ansiosos de la Edad Media para controlar sus impulsos, evitando la vergüenza y fuero sexual violento contra las “honradas”; hasta la social encubierta aceptada cónyuge o esposa, vestida de velo largo y corona, cuando los dolores han sido iguales para todas, pues han parido con dolor.

A la postre de estas realidades históricas, en momentos del Triduo Pascual, conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazareth, el hijo unigénito de Dios, enaltecemos el valor de las féminas desde que la Tierra fue poblada hasta la grotesca imputación contra María Magdalena, a quien se le atribuyó una relación amorosa con Jesús y la confusión de haber dejado una descendencia.

María Magdalena fue y seguirá siendo la fémina más encomiable en la historia después de la madre de Dios. Ha sido el personaje de mayor relieve en la conmemoración de la Semana Santa, no sólo por sus lágrimas y haber enjugado con sus cabellos los pies del Señor sino por todo lo que significó como discípula de la cristiandad.

La Iglesia Católica después de haber malinterpretado sus actos y obras, donde su figura fue convertida en la encarnación del pecado femenino, debió recoger sus palabras el 10 de junio de 2016, cuando el papa Francisco la eleva en el Calendario Romano considerándola santa, (apostola apostolorum o apóstol de los apóstoles), profunda reflexión acerca de la dignidad de la mujer.

No son los conceptos, definiciones, suposiciones o presunciones las que califican o descalifican a las féminas, ellas han sido la esencia de alabastro del mejor perfume, los lirios y nardos de una Cuaresma perpetua.

El Evangelio de San Juan 8, 1 – 11 señala: “Aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”.

Marbella Díaz Wever                                                                                                Licda. Educación/Orientadora