Rubén Limas: Parece Ayer

Rubén Limas - Notitarde

Al enterarme de la triste noticia del fallecimiento del periodista Alfredo Fermín cerré los ojos y recordé tiempos pasados. Recordé al hombre comprometido con la verdad, detrás del traqueteo de la máquina de escribir y profunda seriedad. Una persona afable y metódica, generoso con la ciudad que le acogió. Tantos años en el oficio de la prensa y, particularmente, en la redacción de El Carabobeño, hacía pensar que siempre estaría allí como el edificio, como la imprenta, como el papel periódico en los kioscos… cuestión ilusoria, se nos fue uno de los testigos del siglo XX, de sus luces y sombras, del período más importante para la construcción de la República. Se nos fue el autor de las columnas indispensables para entender a Valencia y al Carabobo de los últimos 40 años. Se fue un hombre que su sapiencia la ejercía con humildad, defendió a Valencia como suya.

Sus colegas lo sienten como un maestro, un guía para los iniciados en tan importante oficio. Quienes están en el mundo de la cultura lo consideran un promotor indispensable de las artes y la acción creadora. Fue promotor del rescate y difusión de la obra del maestro Arturo Michelena y miembro de la Comisión de Cultura del Hesperia WTC de Valencia. Defendió  al Ateneo de Valencia siempre, lo convirtió en  una razón de vida, mostrando permanentemente preocupación por su rescate.

Su salud se resintió mucho tras ver cómo el Carabobo que conoció y edificó fue desdibujándose en los últimos años. Mucho más tras la desaparición de la edición impresa de El Carabobeño. La periodista Charito Rojas dijo en su programa que Alfredo Fermín “murió de tristeza” y creo que tiene razón. Es muy difícil que los hombres y mujeres acostumbrados toda la vida a construir, enseñar, enaltecer y engrandecer a su país se acostumbren de pronto a convivir con la persistente desidia.

Creo que la principal enseñanza que Alfredo Fermín nos dejó es un sentido profundo del deber, fue siempre un comunicador social. La ética del trabajo, ese fervor por pensar, hacer y crear, más allá del beneficio económico, motivado casi en exclusivo por la satisfacción de saberse útil. Ese tipo de actitud vital no es muy frecuente en la actualidad. Tenía Alfredo un don muy particular para la enseñanza, era muy dado a atender a los pasantes en la labor periodística y claramente poseía una innata capacidad explicativa, era un manual caminante de periodismo y arte.

Hay un rasgo de su personalidad que todos sus conocidos suelen resaltar: su pasión por Valencia. La Catedral, la Virgen del Socorro, la Plaza de Toros eran sus referencias, sus símbolos, los tesoros que dedicó tiempo a preservar y apreciar. Cuestión interesante, quizá un margariteño enseñó a los valencianos a amar a su ciudad. Su columna muchas veces fue dirigida a motivar a las autoridades competentes del momento para invertir en la ciudad, sus espacios y su patrimonio, sus críticas y comentarios difícilmente podían ser ignorados dado el altísimo respeto que gozaba su voz.

Parece ayer que Alfredo Fermín se codeo con presidentes y grandes personalidades, hasta una foto con Nelson Mandela se encuentra entre sus haberes. No podía ser de otro modo, su olfato periodístico le permitió estar un paso adelante de los acontecimientos, pero él también fue un protagonista de su tiempo a quien el estado Carabobo siempre le estará agradecido con su inestimable labor.

Me permití mantener los ojos cerrados un tiempo más, imaginándome su oficina, en silencio, solo escuchando el traqueteo de su máquina de escribir y su aguda mirada en el papel. Hubiera querido darle el último adiós, allá en Valencia, pero se lo doy recordándolo en lo suyo, escribiendo la próxima noticia. Por un momento sentí un amago de su risa, una de sus breves y sobrias miradas. Ojalá que siendo el nuevo cronista del cielo esté ya enterado del futuro próspero y democrático que, además de merecerlo, también tendremos los que nos quedamos en este plano de la existencia.

Es momento de abrir los ojos. Alfredo Fermín no está físicamente entre nosotros, sin embargo, sus muchos ahijados, los colegas que formó y las amistades que cultivó estarán allí para recordarnos que tuvimos la suerte y la dicha de conocer a un gran ser humano. Debemos hacer lo posible por recordar a Alfredo en su lucha, recibamos el testigo, la ciudad oscura, abandonada y triste que hoy tenemos solo puede ser cambiada replicando y multiplicando el fervor de Alfredo Fermín por construir y reconstruir el espacio cívico.

Adiós amigo. Paz y Consuelo para su familia y allegados.

Por: Rubén Limas